eva

Ayer por la noche mientras caminaba con la cabeza en otro mundo, sin rumbo, me pareció volver a ver a Eva, ya hablé de ella hace tiempo. Esta vez no sería como la última vez que la vi, esta vez iría a hablar con ella, a decirla quien soy… esta vez sería distinto…

Os voy a recordar el post…

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Hoy la tarde es gris… y tristona. Las tardes así no me gustan, me llevan a un estado que creo que conecta con recuerdos también grises y tristes.

Estoy tirado entre imágenes confusas y canciones de Damien Rice… sí, ya se que esto no ayuda, que Damien quizás sea un tío triste, pero quien cojones no lo es cuando te duele el alma sea por la razón que sea…

Siempre he mirado más allá de lo que realmente se veía a primera vista y eso a veces no es bueno, siempre he conectado con la tristeza de los demás, entiendo la tristeza y sus artimañas para hundirnos, pero a pesar de todo en ocasiones caigo en sus trampas. 

He de reconocer que la gente que me conoce casi siempre me ve con una sonrisa y siempre con ganas de bromear, pero las tardes como ésta no me gustan, es una tarde con un color especial, con el color de recuerdos que el tiempo no ha conseguido borrar de una puta vez…

EVA

eva

Hoy me acuerdo de Paquito y su hermana Eva, a quienes mi madre les daba de comer y de cenar porque sus padres no tenían para hacerlo, siempre iban con la misma ropa pero con una gran sonrisa. Eramos unos críos, apenas tendríamos unos 8 años, estábamos todo el día juntos, éramos inseparables.  

Ella era pecosa y rubia, con unos ojos azules como el cielo y un lunar en la mejilla. Me parecía guapísima, era preciosa.

Yo siempre esperaba que llegaran a mi casa y sobre todo esperaba a Eva. Me acuerdo perfectamente de ella, de sus trenzas, su forma de hablar y de correr por la plazoleta mientras yo iba detrás para poder abrazarla. 

Me acuerdo cuando vinieron a mi casa y me dijeron: “Raúl, nos vamos a ir para siempre”, yo no entendía nada, me di cuenta de lo que pasaba cuando Eva me miró fijamente a los ojos y me dio un beso en la mejilla y me dijo: “júrame por Dios que nos volveremos a ver y que siempre seré tu princesa”, yo se lo juré, claro que se lo juré…

Sus padres tuvieron que recoger lo poco que tenían y buscar una vida mejor en otra parte. Me acuerdo de esa sensación de vacío que me quedo por dentro, de esa tristeza que llenó los días, semanas y meses… yo no sabía lo que me pasaba, pero he de reconocer que años más tarde he tenido esa misma sensación (simplemente sentí con 8 años lo duro que puede ser el amor), me acuerdo de esa promesa que nunca se cumplió, ya que Eva nunca llegó a ser una princesa como ella quería… ni yo su príncipe como yo quería… 

Siempre me he acordado de ella, siempre he pensado: “que habrá sido de Eva, que habrá sido de Paquito?, donde estarán?”… 

Años más tarde la vi, supe de inmediato que era ella y eso que no la había vuelto a ver. Iba con la mirada perdida, buscándose la vida en la calle, vendiendo su cuerpo por unos euros, yo la conocí, ella a mi no, pero no tuve el valor de acercarme a ella y decirle: “Hola princesa, como estas?”… no tuve el valor de mirarla a los ojos y decirla: “Eva, soy Raúl, el que te perseguía para tirarte de las trenzas simplemente porque me gustabas, te acuerdas de mi?”… no tuve el maldito valor de darle un puto abrazo… ojalá en tus sueños hayas llegado a ser esa princesa, ojalá cuando duermas esta mierda de vida te haya tratado mejor que cuando estás despierta… suerte princesa de los sueños…

 

 …Corro hacia ella la toco el hombro y la digo: “Hola Eva, sabes quien soy?”…  sus ojos apagados y vacíos me intentan mirar, me balbucea algo pero no la entiendo.

“Eva, soy Raúl, éramos amigos de pequeños, estábamos siempre juntos”, me mira, pone una especie de mueca parecida a una sonrisa y me dice: “las princesas no existen y los príncipes tampoco… pero siempre te esperé…”. En ese momento algo golpea mis recuerdos, mis sentimientos, miles de imágenes pasan por mi cabeza. 

Nos miramos a los ojos y me parece ver una especie de brillo que se convierten en unas lágrimas y en un fuerte abrazo, me dice al oído: “sólo éramos unos niños y se que hace tiempo me viste y yo a ti, pero no te dije nada porque me daba vergüenza de que me vieras así…”. Sus palabras me dejan helado, me da un beso en la mejilla y me dice: “adiós Raúl, siempre, siempre me acordé de ti”, y de esa forma se va mirando hacia atrás regalándome una sonrisa, una sonrisa parecida a la de hace muchos años, una sonrisa llena de ternura…

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No se si la volveré a ver, pero muchas noches antes de dormir vuelvo a aquella calle donde corría detrás de ella para tirarla de las trenzas.

Un fuerte abrazo y mucho Rock and Txoron…

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